El día a día
- Alonso Verdugo
- Sep 18
- 3 min read

Introducción
Hoy quiero compartir un par de meditaciones.
Primero, el hábito de redactar una entrada en este blog.
Segundo, el pensamiento mismo que deseo plasmar.
¿Qué escribir, cómo redactar, cómo hilar las ideas?
Espíritu Santo, ilumínanos.
El llamado a la santidad
En el camino de la vida, lo verdaderamente importante es buscar la santidad:
“Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial.”
(Mateo 5,48)
Creo que todos hemos tenido ese acercamiento a la espiritualidad desde la catequesis en la infancia y adolescencia, hasta que en algún momento nos alejamos.
Sí, la rebeldía y la búsqueda de nuestro propósito. El mundo nos invade, nos distrae, cambia nuestras metas, y de paso también nuestros valores y criterios de lo que importa y de cómo encajamos.
La prueba del tiempo
Pasan los años y, tarde o temprano, aparecen las situaciones —a veces fruto de malas decisiones, a veces de la vida misma— que nos hacen arrodillarnos y mirar al cielo de nuevo.
Uno repasa rápidamente la guía, el manual, la lista de cosas hechas y no hechas, las justificaciones de acciones que, en conciencia, no han sido las mejores.
La evidencia es clara: sabemos la teoría, pero en el examen práctico de la vida, muchas veces nos rajamos totalmente.
Como decía Carlo Acutis:
“Nacemos originales y morimos como vulgares fotocopias.”
La verdadera perfección
Se nos olvida la razón real de nuestro existir: por qué llegamos a la vida, por qué fuimos creados.
Y vuelve a resonar aquel versículo del Evangelio de San Mateo: hemos sido llamados a ser perfectos.
¿Pero perfectos en qué sentido?
Dios es perfección y amor auténticos. Esa perfección no es lo humano, sino lo espiritual: la bondad y la caridad.
Jesús se lo dijo a los apóstoles, que se sorprendieron ante esa exigencia: “¿Quién puede hacerlo?”
A lo que Él respondió:
“Para los hombres eso es imposible, mas para Dios todo es posible.”
(Mateo 19,26)
Fe y confianza en la prueba
Cuando estamos en una condición estable, con rutinas claras y retos conocidos, sentimos fácilmente las bendiciones de Dios.
Pero, ¿qué pasa cuando ese entorno cambia de forma súbita?
Esa es la verdadera prueba: fe y confianza.
Tres respuestas de Dios
Sí.
Sí, pero más adelante. (Los tiempos de Dios son perfectos.)
No, porque tiene algo mejor preparado para ti.
Todo sucede para un bien mayor, aunque no siempre sea lo que creemos mejor desde lo material o mundano.
Mi experiencia personal
Hoy, en medio de la prueba, mi búsqueda es fortalecer la fe y la confianza.
No depende de mi capacidad personal, solo Dios da la verdadera gracia. Yo coloco lo poco, Dios pone el todo. Eso es fe y confianza.
Aparecen dudas, tentaciones de confiar más en las propias capacidades, en el intelecto, en lo aprendido… pero todo eso revela nuestras miserias y hasta quiénes son las verdaderas amistades y los familiares que permanecen.
Es ahí cuando uno descubre lo frágiles que somos, lo ilusos, lo prepotentes y soberbios, lo ego centricos.
El amor de Dios Padre
No hay razón para desesperar.
Sí, ora et labora, pero todo sucede porque Dios lo concede.
Él nunca desea el mal para nosotros. Al contrario: nos ama perfectamente y respeta nuestras decisiones, aunque tengamos que asumir las consecuencias.
Es un Padre bueno, amoroso, no alcahueta. Nosotros a veces evitamos que nuestros hijos aprendan de sus errores para que “no sufran”; en cambio, Dios conoce el corazón, y cuando ve arrepentimiento sincero y deseo de conversión, llegan los milagros.
Tabla de esperanza
Sé la teoría, pero la práctica es dura.
Aun así, no es nada comparado con la Pasión de Nuestro Señor.
Esa es mi tabla de salvación:
“Pasión de Cristo, confórtame.”
Todo lo de aquí es temporal. No quiero paja, quiero trigo.
El peso del alejamiento y la soberbia está presente.
Y mi oración es simple:
“Dios mío, ¿qué debo aprender?, en ti confio.”
Para meditar
Puedes acompañar esta lectura rezando con Santa Teresa de Ávila:
Nada te turbe,
nada te espante,
todo se pasa,
Dios no se muda.
La paciencia todo lo alcanza.
Quien a Dios tiene nada le falta:
¡Solo Dios basta!



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